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Cosas de gatos

Redacción

Última actualización :: 25/05/2010 @ 10:23:57 (GMT+1)

Anécdotas, cuentos, experiencias, relatos… En esta sección tendrán cabida todas las cartas que traten sobre “cosas de gatos” que lleguen a nuestro e-mail: nati.sierra@eai.es

“Puma”, entre nosotros Texto: Antonio J. Hurtado A mi mujer y a mí nos parecía que aquel verano de 2005 estaba resultando ser más caluroso de lo habitual en Torrelodones. Ambos habíamos comenzado, por esta razón, la temporada de baños en el mes de mayo, más precozmente que de costumbre. La piscina de nuestra comunidad tiene el borde de granito, rodeado por una pradera de césped con plantas, en cuyo diseño hemos participado los nueve vecinos de la casa. Abetos, Tilos, Nogales, Almendros, Cipreses y un perímetro de olorosa Madreselva fueron plantados según nuestras preferencias. Esta vegetación y el muro de piedra que rodea la finca hace que los residentes gocemos de intimidad al nadar o descansar tras el baño a la sombra de los árboles, que ya superan los quince años de edad. Este espacio de recogimiento propicia que los pájaros, alguna ardilla y gatos que vagabundean por el pueblo lo empleen de vez en cuando como zona de cobijo. Por esta razón, ocasionalmente, en el estío escuchamos de madrugada el coro de gemidos de cortejo que entonan las parejas de felinos que deciden citarse bajo nuestras abiertas ventanas y que invita a imaginar el resultado de sus encuentros como una bella camada de gatitos, resguardada tras el voladizo de los pisos bajos como improvisada gatera, si bien la realidad no nos ha permitido contemplar hasta el momento ni de lejos a los preciosos mininos, pues muy pronto madre y cachorros se trasladan en busca de espacios que deben considerar más seguros para los pequeños. En tal sentido aquel solsticio iba a ser también particularmente distinto a los precedentes. Dos acontecimientos inconexos entre si iban a condicionar la existencia de un gatito, al que más tarde llamaríamos “Puma” por el tono de su pelaje atigrado. En primer lugar aconteció que desde la pista de tenis de la urbanización contigua caían desde junio en nuestro jardín más pelotas perdidas durante el juego de lo que era habitual. Por otra parte, una gata Bosque de Noruega de pelaje gris acero y un macho de Angora blanco con manchas beiges - que provenían sin duda, por sus razas y actitudes, de habitar en hogares de la zona, aunque obviamente ya estaban asilvestrados- por alguna oculta razón, tras golfear por el pueblo, habían decidido citarse desde hacía varios meses en nuestro florido pénsil. Así pues, el diecinueve de julio por la tarde al regresar de su trabajo, Laura mi mujer, decidió darse un chapuzón en la piscina, coincidiendo en su decisión de refrescarse de la tórrida jornada, con Concha, nuestra vecina. Las dos se dispusieron como de costumbre tras el baño a tomar el sol y para ello cogieron unas tumbonas puestas a disposición de todos en la parte posterior del jardín. Pero allí en un rincón, bajo la sombra de las hamacas, entre la hierba crecida, había una pelota de tenis de color amarillento, algo diferente a las otras que ese día habían caído en el césped. Tenemos por costumbre acumularlas en una caja hasta devolverlas o bien repartirlas al final de la temporada entre los inquilinos, si nadie las reclama. Por eso la primera intención - que estaba determinando el futuro de “Puma”, dado que de otro modo hubiera pasado desapercibido - fue recoger dicha pelota para guardarla. Pero en el preciso instante de tocarla Concha con sus dedos, aquella aparente esfera peluda cobró vida mágicamente en forma de un sorprendentemente solitario y diminuto gatito, que es de lo que realmente se trataba. Aquel pequeño ser que se desperezaba a la vida, comenzó asustado una huida imposible con un pretendido movimiento de gateo, nunca mejor dicho, en un intento desesperado de preservar su frágil existencia ante lo que su instinto percibía como una amenaza que se ceñía sobre él y ajeno totalmente al desconcierto que su empeño había provocado en Concha y Laura, que asistían sorprendidas a la escena. La mano de Laura recogió al gatito y lo arropó, tras limpiarle de hojas y maleza que se aferraban a su pelusa de recién nacido, pues tenía menos de una semana de vida. Mi mujer lo acogió en su regazo mientras unos grititos, que pretendían ser un maullido incipiente, insinuaban su ansiedad, hambre y deshidratación y una demanda de amparo y protección. Se preguntaban por qué estaba sin su madre a aquellas horas, cuánto tiempo llevaría así y qué hacer con aquella inesperada presencia, mientras él tiritaba apoyado en el desnudo abdomen de Laura, intentando captar el escaso calor que se desprendía de su húmeda piel. Tras una inicial vacilación, consultaron que hacer con los vecinos los cuales promovían opiniones muy diferentes: tan pequeños creo que no salen adelante sin su madre. Lo mejor es llevarle al Ayuntamiento y sabrán que hacer, pues tienen perreras municipales. Yo he tenido gatos en el pueblo y le dábamos leche con un algodón que chupaban...y así todos, sin querer, responsabilizarse ninguno de aquel nuevo ser. Un vecino, entre tanto, aportó entonces una taza de dicha leche que el gatito chupeteaba de un dedo de Laura sin demasiado éxito. Tras aquella alharaca de comentarios bien intencionados pero poco prácticos, la resolutiva Concha, con la opinión de Laura a su favor, decidió acercarse a una clínica próxima y consultar. Allí, comprobaron que tenía reflejo de succión y les indicaron que le dieran leche descremada, sin más comentarios, suponemos que dadas las mínimas esperanzas de supervivencia que se desprendían de su frágil apariencia. Improvisamos entonces un biberón con la goma de un cuentagotas y creemos que algo debió de beber dado que se calmó su llanto y se durmió. Si bien pudo contribuir a su sueño, más que el alimento, el estrés y cansancio acumulados durante las horas que estuvo sin su madre y ¿hermanos?. A día siguiente temiéndonos lo peor, tras una angustiosa noche que paso en silencio en una caja de cartón, el que ya llamábamos “Puma” amaneció vivo y tranquilo. Más se tranquilizó todavía, cuando Laura lo abrazó de nuevo. La fijación de los gatitos, los primeros días de vida, todavía ciegos, la realizan por el olfato, identificando así y pudiendo reconocer después de esta forma a su progenitora desde su nacimiento. Pero el hecho no es inmediato, requiere de unas jornadas para establecerse en su memoria y nuestra fortuita intervención interrumpió el proceso, creando un nuevo estimulo olfativo. Esto iba a condicionar la especial relación, que a partir de ahora “Puma” tendría en lo sucesivo con Laura, pues su existencia quedaba marcada por la impresión de que ella era en realidad su ascendente biológico y así su convivencia con nosotros discurriría con este patrón. Mucho antes de que el propio “Puma” lo supiera, él ya había escogido a su preferida en su relación familiar. En un gesto atávico sin precedentes, aquel felino había asumido que la gigante que en un momento dado supuso para él una inquietud, era realmente a quien tenía que aferrarse para lograr sobrevivir. Y así lo hizo. Al día siguiente me dirigí yo en busca de información más fiable, a la misma clínica y esta vez me atendió una veterinaria, más optimista en cuanto a las posibilidades de “Puma”. Regresé a casa con un bote de leche maternizada, un biberón debidamente diseñado y la no fácil tarea de darle su dosis láctea cada tres horas. Quizá nos animó mi profesión de médico, la de Concha de enfermera o la de Laura de psicóloga, para emprender la tarea de sacar adelante a “Puma”, dado que ninguna organización de protección animal estaba dispuesta a hacerse cargo de él hasta que estuviera destetado. De esta forma y por riguroso turno nos alternábamos para cumplir el estricto horario de tomas que ninguno de los tres, faltos de descendencia, habíamos experimentado previamente. Lo cumplimos con rigor y ayuda día tras día, hasta qué “Puma” comenzó a comer por sí solo. De esto, han pasado casi cinco años; nunca más volvimos a ver a sus supuestos padres; “Puma”, sano, supera ahora los siete kilos de peso; su historia se hizo popular en el barrio; Laura y yo lo adoptamos, por supuesto; Concha lo cuida cuando nosotros no estamos; se creó el que llamamos efecto “Puma”, con la adopción de varios gatos por parte de familiares y amigos y a todos, este híbrido de Bosque de Noruega- tiene sus rasgos y carácter- y de Angora –tiene su pelo- nos ha regalado, y esperamos que por mucho tiempo, su presencia entre nosotros.