Bubastis: La ciudad de los gatos

El nombre de la ciudad de Bast, Bubastis, significa «mansión de la Diosa Bast» y llegó a ser capital de Egipto en uno de los periodos de mayor esplendor, aproximadamente hacia el año 3200 a. C. El profeta Ezequiel hizo referencia a ella (XXX, 17) y predijo su caída señalando que sus jóvenes caerían por las espadas y que la ciudad sería cautiva. Sus ruinas se conocen actualmente con el nombre de Tel Basta y se encuentran próximas a la moderna ciudad de Zagazig, a unos 80 kilómetros al norte de El Cairo.

El templo erigido en la antigua Bubastis en honor de la diosa felina era un magnífico edificio de granito rojo. Según la descripción que nos legó Herodoto en el siglo V a. C. debió de tener unos 152 metros de largo en un contorno vallado de unos 56 m2, al otro lado del cual había un cercamiento mayor de 274 x 366 metros, que contenía un canal, un bosquecillo y un lago: «Se levanta en una isla completamente rodeada de agua excepto en el paso de la entrada. El templo se encuentra en el centro de la ciudad y recorriendo el lugar se le ve mirando hacia abajo desde todos los sitios», contó el historiador griego.

Herodoto también explicó que la ciudad era popular con peregrinos religiosos de todo Egipto que acudían anualmente a ella con motivo de la mayor festividad egipcia dedicada a la diosa Bast hacia el 31 de octubre y donde tenía lugar un consumo de vino mayor que en todo el resto del año: «…Según los cálculos hechos por ellos, se encontraban allí no menos de 700.000 personas de ambos sexos, aparte de los niños».

Bubastis fue destruida hacia el año 350 a. C. por los persas, pero las  excavaciones arqueológicas realizadas a mediados del siglo XIX por Edouard Naville pusieron al descubierto la estructura básica del templo de Bastet confirmando así las narraciones de Herodoto.

Al norte de la ciudad se descubrieron asimismo una serie de necrópolis de gatos donde se llegaron a enterrar miles de felinos momificados. Tales prácticas respondían al trato especial que los egipcios concedían a los gatos en la vida cotidiana considerándolos como un miembro respetado de la familia. Cuando morían se afeitaban las cejas en señal de duelo y procedían a su momificación. Tras la misma, que solía durar cuarenta días, les daban sepultura. En la actualidad, pueden contemplarse en el Museo Británico de Londres muchas de aquellas momias: envueltas en lino, con discos de ese mismo tejido para representar ojos y nariz, así como nervios de hojas de palmera para imitar los oídos. Las coberturas en forma de gato de los diminutos ataúdes donde se enterraban son de arcilla, bronce o madera y los ojos que las adornan son de cristal con incrustaciones de oro y pupilas de obsidiana negra.

Leyendas de guerra

Hay un par de leyendas apócrifas sobre los gatos en el antiguo Egipto, que ponen de manifiesto el culto que este pueblo les profesó y lo ridículo que sus enemigos vecinos debían de considerar tal culto.

Ambas hacen referencia al empleo de los gatos en la guerra. En una de ellas los egipcios resultan perdedores a causa de los gatos; en otra, vencedores gracias a ellos.

Dado que los gatos eran tan valorados en Egipto que durante cierto periodo se castigaba con la pena de muerte a quienes los mataban, es comprensible la leyenda según la cual en el año 525 a.C. los persas enemigos de Egipto los colocaron al frente de sus batallones. Por temor a matar a los felinos, los egipcios prefirieron no atacar y perdieron la batalla. La otra leyenda recoge la versión contraria: los egipcios ganaron la batalla porque mientras iban a ser atacados por un destacamento enemigo soltaron a miles de gatos enfurecidos a las líneas enemigas. Al tener que enfrentarse a criaturas tan temibles, el ejército enemigo

Texto: Isabela Herranz.

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