¿Domesticados o salvajes?

No se sabe en qué momento exacto de la historia humana comenzó a ser domesticado este pequeño felino, pero se cree que se sintió atraído por los roedores que devastaban las reservas de cereales de los primeros agricultores.

El interés mutuo por eliminar las plagas de roedores y su habilidad para cazar pájaros y peces probablemente favoreció la alianza entre ellos, aunque sus parientes próximos, los grandes felinos, provocaran una gran impresión en los humanos primitivos y fueran fuente de temor, respeto, emulación y enfrentamiento: «Que preocupaciones tan vitales como el éxito en la caza y la seguridad individual se vieran directa e indirectamente afectadas por las actividades de los gatos de caza sugiere que los primeros enfrentamientos que tuvieron lugar durante los tres millones de años que duró la Edad de Piedra pudieran haber sido el origen de toda la actividad de culto posterior asociada a los gatos y a sus parientes menores», apunta Nicholas J. Saunders en The Cult of the Cat (1991).

Las primeras variedades de gatos domesticados descienden probablemente del gato salvaje africano (feliz silvestris libyca), o bien del cruce de este con el gato de la selva conocido como felis chaus, que es más grande. De los cruces de felis maniculata, felis libyca, felis silvestris y felis ornata, y las consiguientes mutaciones debidas al clima y a la selección natural, nacieron las diferentes razas de gatos que se conocen en la actualidad.

Las primeras referencias documentales de su domesticación proceden de Egipto y datan de hace 3.500 años, pero existen testimonios de que ya había sido domesticado por los nubios casi 5.000 años antes, es decir, hace unos 8.000 años. Sin embargo, la domesticación cambió poco a los gatos de sus antepasados salvajes: tanto los dientes como los músculos de la cara y el sistema digestivo siguen siendo todavía los de un cazador carnívoro. Aunque todos los gatos puedan domesticarse hasta cierto punto, muchos de ellos pueden volver fácilmente a su estado semisalvaje.

El término moderno «gato» seguramente se originó del ario ghad, del que surgió el latín cattus y de ahí el francés chat, el italiano gatto, el inglés cat, el alemán katze y el árabe kittah. La etimología también parece encontrarse en el griego catus, que significa «agudo» y podría haber hecho referencia a la agudeza visual de los gatos en la oscuridad.

Son perfectamente capaces de vivir sin la atención humana y, como apunta Roger Tabor en La vida salvaje del gato doméstico, «son más bien dóciles que, domesticados por completo, e indómitos y amantes del hogar a un tiempo».

Texto: Isabela Herranz.

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