¿Gato con perro?

Una de las «verdades» que se transmiten todavía de boca en boca es aquella que argumenta que los perros y los gatos no se soportan. Esto es totalmente falso.

La realidad, la rotunda realidad que nos aporta la convivencia diaria con animales de compañía nos demuestra que las macotas son tolerantes con otras especies siempre y cuando les demos tiempo para «conocerse».

Por ello, si tenemos un gato en casa y decidimos responsablemente que es hora de incorporar un perro, ¡hagámoslo! Seguramente, nuestro gato se asustará ante la visualización de ese «nuevo ser», ¡normal!, incluso puede que huya despavorido bajo una segura cama. Por el contrario, puede que por su carácter más aguerrido se plante ante el nuevo inquilino, arqueando su lomo, erizando sus pelos y ofreciendo sus más contundentes bufidos…

Tanto en uno como en otro caso, el perro, que debe ser un cachorro, se dirigirá hacia el gato, lo que supone el inicio de un posible conflicto pero de escasa intensidad, ya que como mucho acabará con algún manotazo en la cara del sorprendido perro.

Una vez establecidas las pautas de convivencia entre ambos animales, la relación será perfecta: llegarán a dormir juntos y compartirán momentos de esparcimiento, entre los que están los juegos más divertidos.

Por nuestra parte, debemos tener muy presente que tanto el uno como el otro prestarán atención por el alimento ajeno; por ello, es conveniente que el alimento del gato se sitúe a cierta altura, en algún lugar al que no pueda acceder el perro y que cuando éste recibe su ración, el gato esté en otro lugar de la casa.

En lo referente a la bandeja de lecho absorbente debería ser cerrada y con puerta, algo que impida en la mayor medida posible el interés del perro por las heces de su compañero felino.

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