Las leyendas del Maneki Neko: el gato del templo

Esta leyenda hace referencia a un rico samurai que durante una tormenta se cobijó en un árbol cerca del templo de Gotoku-ji, que se encontraba medio en ruinas. Desde allí vio al gato de los monjes haciéndole señas con su pata para que le siguiera y así lo hizo el guerrero, justo unos instantes antes de que un rayo cayera en el árbol donde se había cobijado. El samurai se hizo amigo de los monjes y el templo prosperó gracias a las donaciones que les hizo para restaurarlo.

Cuando el gato murió, se esculpió una estatua en su honor, supuestamente el primer Maneki Neko de la historia. Otra versión narra que un grupo de samuráis que pasaba cerca del templo en época de lluvias vieron al gato haciéndoles señal de que pasaran. Conviene recordar que cuando el tiempo está tormentoso, los gatos se inquietan mucho y se lavan la cara nerviosamente haciendo un gesto que, como se ha explicado antes, puede parecer de bienvenida o invitación a pasar. Así pues, los samuráis obedecieron su llamada y luego se quedaron allí aprendiendo filosofía budista hasta que mejoró el tiempo. Posteriormente, uno de los samuráis regresó a seguir instruyéndose y ayudó con su patrimonio a reconstruir y ampliar el templo. Su familia fue enterrada allí y cerca de sus tumbas se construyó un pequeño santuario en memoria del gato de la bienvenida. El citado templo se mantiene en pie todavía en un barrio al oeste de Tokio y se ha convertido en un santuario popular donde muchas personas van a rezar por sus gatos y hacer ofrendas. Según la creencia, si se compra allí una efigie del Maneki Neko y se coloca junto a las demás que hay en el templo, se verá satisfecho el deseo más ansiado. Hay efigies de todos los tamaños, tanto para deseos «pequeños» como «grandes».

El gato de la anciana: Otra leyenda popular narra que una anciana muy pobre que vivía en Imado, al este de Tokio, se vio obligada a vender su gato para aliviar su pobreza. Poco después, este se le apareció en sueños y le dijo que moldeara figuritas de arcilla con su imagen. Siguió el consejo del felino y no tardó en empezar a venderlas. Tan populares se hicieron que la anciana prosperó y salió enseguida de la pobreza.

El gato de la geisha: Una geisha de nombre Usugumo, que vivía en un prostíbulo de Yoshiware, al este de Tokio, tenía un gato al que adoraba. Una noche, el gato empezó a arañar su kimono con gran insistencia y, molesta, la dueña del lugar le cortó la cabeza. En ese momento, la cabeza saltó por los aires y fue a parar al techo donde mató a una serpiente, dispuesta para atacar. Usugumo se deprimió tanto por la muerte de su querida mascota que los clientes le regalaron una estatua de madera con la imagen de su gato. Copias de la misma se hicieron populares como amuletos de la suerte para proteger a sus propietarios del peligro.

Muchos han encontrado similitud entre el gesto reproducido en el Maneki Neko con el que hacen los gatos cuando se lavan la cara.

Texto: Isabela Herranz.

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