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El instinto salvaje de los gatos

Foto: Chistyakova Anna.
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Foto: Chistyakova Anna.

Texto: Patricia Lozano Fernández.

miércoles 26 de agosto de 2015, 19:07h

Los instintos son un conjunto de reacciones reflejas que se traducen en una norma de comportamiento estereotipada. No es que las conductas innatas tengan una mayor base genética que las aprendidas, sino que aparecen desde el momento en el que hay un estímulo. Aunque es cierto que los gatitos aprenden gran cantidad de habilidades observando a los gatos mayores, hay muchas reacciones que son instintivas, en su mayoría las que de relacionan con la supervivencia.

El gato tuvo en el pasado una vida libre, sin condicionamientos ni obligaciones, por lo que su comportamiento es el reflejo de un instinto que todavía sigue muy vivo en él.

Estas pautas genéticas son las que le hacen saltar sobre una presa o tenderle una emboscada y, lo que es más importante, le facilitan la supervivencia en el entorno cuando sale del hogar.

Su mandíbula, las garras, un cuerpo ágil y su gran movilidad son las armas con las que cuenta para conseguir comida en un ambiente de libertad en el que su dueño no sea quien le proporcione el alimento, lo que demuestra que es un ser autosuficiente. El gato disfruta haciendo lo que quiere en cada momento, por eso es un animal independiente. Posee, además, un tremendo sentido de la orientación lo que le permite alejarse de su amo sin correr el riesgo de perderse. Es capaz de encontrar a su dueño aunque tenga que recorrer grandes distancias incluso en lugares que no conozca.

Los gatos responden instintivamente a ciertos estímulos incluso cuando aún no han abierto los ojos: si se les toca o se les molesta pueden bufar, nacen sabiendo mamar para poder alimentarse pues, en caso contrario, morirían. Otro hábito que desarrollan de manera natural es el de arrimarse a sus hermanitos en busca de calor y seguridad.

Todos los gatos producen sonidos normales de felino aunque no los hayan escuchado en otros; incluso los gatitos nacidos sordos desarrollan el repertorio de sonidos que se considera normal en esta especie. La pasión por explorar y curiosear tampoco tiene por qué ser aprendida de otros congéneres y, además, durante sus excursiones desarrollan un sentido común para detectar peligros.

Incluso en sus juegos también ejercitan diferentes formas de caer sobre sus cuatro patas y dar saltos sin necesidad de fijarse en otros gatos. Otro de los instintos que se manifiesta a muy temprana edad es el comportamiento de lucha. Ya en la camada, pelea por conseguir el mejor puesto para mamar de su madre. Desde el año de edad, el gato tiene unas actitudes agresivas que le permitirán integrarse en una sociedad en la que es primordial ganar los combates para conseguir el dominio. Así, el ejemplar que sea más hábil en la lucha, será considerado por los demás como el líder, un puesto que sólo alcanzará tras numerosos enfrentamientos.

Los gatos son criaturas territoriales. Les gusta estar fuera de casa y delimitar un territorio, por una razón completamente natural. Para un gato que no ha sido domesticado, el territorio es el lugar donde puede encontrar alimento. Cuanto mayor sea este lugar, mayores posibilidades tiene de sobrevivir. Naturalmente, esto no es relevante para un gato doméstico alimentado por su dueño, pero su instinto natural le lleva a establecer un territorio.

Existe también un orden jerárquico. La dominación puede ser expresada en diferentes formas, algunas veces el jefe puede lavar al otro y, otras veces, puede haber una demostración de fuerza.

CONDUCTA SEXUAL
Como el resto de los animales, los gatos tienen un instinto básico para mantener su especie a través de la reproducción. En condiciones normales las gatas sólo se aparearán cuando se encuentren en celo en la estación de apareamiento que, generalmente, se inicia a finales del invierno y dura hasta el final del verano. Sin embargo, los gatos que viven en una casa pueden aparearse en cualquier momento.

El macho huye de compromisos y sólo buscará encuentros esporádicos. En cambio, la relación de la hembra con sus gatitos es muy fuerte hasta el momento del destete. Por instinto, las hembras saben cómo comportarse en su etapa de celo y reproducción. Saben cómo dar a luz y cuidar a sus cachorros, hasta que puedan desenvolverse por sí mismos. También la madre sabe en qué momento sus gatitos necesitan menos vigilancia y protección, y les lleva a sitios más amplios, donde puedan desarrollar mejor sus actividades.

El instinto maternal de la gata con respecto a sus gatitos se manifiesta de una forma muy natural. Desde el primer instante, sabe perfectamente cuáles deben ser sus gestos y los primeros cuidados que necesitan sus crías, ocupándose de ellas con muchísimo cuidado. Incluso si encuentra a otra cría que no pertenezca a su camada, no dudará en cuidarla y amamantarla como si hubiera salido de su vientre. Durante los dos primeros días, la madre protectora no abandonará a sus pequeños ni un momento. Es una tarea agotadora, ya que cada cría reclama sus cuidados y alimentos. La forma en que las gatas transportan a sus crías de una a una es un claro ejemplo de sus aptitudes maternales innatas. Llevan al gatito con la boca, agarrándole por el pescuezo, lo que es indoloro para la cría.

Tras unos días, la gata muestra una capacidad educadora asombrosa, y no duda en ejercer su autoridad. Cuando se aproxima el destete, ella misma les hará ver que es hora de alimentarse de otro modo, rechazándoles más y más a menudo cuando intentan mamar.

LA HORA DE LA CAZA
El instinto cazador existe en todos los gatos, incluyendo los que llevan una vida tranquila, cómoda y provista de comida en una casa. Sin embargo, algunos experimentos han demostrado que aquellos gatos que no han sido iniciados en la caza por otros felinos, no desarrollan la habilidad para matar a su presa. Así, muchos gatos domésticos, aunque sean capaces de cazar, puede que no sepan matar sus capturas. Las madres cazadoras enseñan esta habilidad a sus hijos, incluyendo cómo matar la presa. Por el contrario, las madres no cazadoras suelen enseñar las habilidades de caza, pero no a matar. Las gatas en estado salvaje transmiten a sus hijos las técnicas de caza puesto que forman parte del instinto de supervivencia. A los cuarenta días de su nacimiento, los gatitos comenzarán con su aprendizaje. Lo primero que hace la madre es comerse a una presa muerta, previamente cazada, delante de sus hijos. Después llevará a los animales todavía vivos y los matará ante sus crías.

Más tarde les permitirá participar de la caza y asestar el golpe definitivo a la presa.

El cazar es completamente natural para los gatos y tiene lugar incluso cuando son alimentados en casa.

Ellos disfrutan cazando, acechando paciente y cuidadosamente a su presa, hasta que se encuentran lo suficientemente cerca para saltar sobre ella. Si el gato vuelve a casa con su presa y la presenta a su dueño, posiblemente la razón es que desea una felicitación por su proeza. No tiene sentido castigar al gato por este motivo ya que es un comportamiento profundamente enraizado en el animal.

Existen otros comportamientos que los gatos deben aprender. Estos animales nacen con el instinto de no ensuciar su aposento pero no saben exactamente dónde evacuar hasta que no se les enseña. Manejan con rigidez el tema de las heces, enterrándolas en agujeros en latierra; la costumbre de hacer estos agujeros la efectúan aunque estén sobre un suelo de baldosas, lo que demuestra su instinto por cubrir sus heces.

Algunos instintos felinos se han perdido con la cría, y años y años de domesticación han cambiado al gato transformándolo en un animal casero, muy diferente de los gatos salvajes. El tener cariño, comida, casa y seguridad, hace la vida más fácil al gato por lo que se adapta y pierde muchos hábitos necesarios en la vida salvaje.

La intervención humana desde su nacimiento limita las posibilidades de desarrollar los instintos totalmente, pero conservan muchos de ellos aunque en menor grado.

UNA MASCOTA SOLITARIA
Los gatos son animales poco sociales, con un estilo de vida individual y solitaria y necesitan espacios privados que no permiten que sean sobrepasados. No cazan en grupo ni comparten la comida con otros felinos y, al igual que otras especies, tienen su sistema de comunicación gestual que les permite transmitir sus estados de ánimo. Los gatos tienen un gran poder de adaptación lo que les ha permitido convivir con el hombre a lo largo de los tiempos aunque, si queremos ser exactos, estos animales realmente no conviven con el hombre sino que permiten a este último entrar en su territorio, estar cerca de él. Cuando llega la enfermedad, casi ni se notará. El gato se recostará sin lamentarse ni mostrar su dolor y rechazará cualquier ayuda del hombre o las curas del veterinario. En el momento de descansar también necesita estar solo, desea un espacio propio que nadie viole y no precisa de la convivencia con otros gatos. En cuanto a los seres humanos, acepta vivir con ellos siempre que no afecte a su libertad o independencia. Pero el cambio de conducta más acusado de los gatos domésticos con respecto a los salvajes es el maullido. El ejemplar salvaje rara vez maúlla, salvo en sus primeros meses de vida, en la época de celo o cuando pelea con otros gatos. El animal doméstico, por el contrario, tiende a maullar más pues se ve en la necesidad de reclamar la atención de su amo. Una conducta muy habitual en los gatos es dormir durante gran parte del día, algo que también tiene su explicación en la naturaleza.

El felino siente que debe ahorrar energía para salir de caza en horas nocturnas.

En definitiva, y aunque los gatos domésticos hayan perdido algunos de los comportamientos de sus parientes salvajes, conservan suficientes instintos naturales que se manifiestan en su vida cotidiana y que, sin duda, les dotan del encanto que hace que los humanos nos maravillemos diariamente con estos animales independientes, elegantes, y de carácter tan complicado como sorprendente e interesante.

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