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Miedo a los gatos: ¿superstición o desconocimiento?

Foto: Alberto Nevado - El Mundo del Gato.
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Foto: Alberto Nevado - El Mundo del Gato.

Texto: Patricia Lozano.

jueves 14 de febrero de 2019, 10:13h

Puede parecer increíble, pero existen personas que no soportan estar cerca de un gato. Normalmente, este rechazo sólo provoca recelo o respeto hacia el minino pero hay quien siente verdadero miedo cuando se encuentra en presencia de un felino, entimiento que podría derivar en fobia y que incluso puede impedir llevar a cabo actividades cotidianas. La aelurofobia o ailurofobia es el miedo irracional a los gatos domésticos y los que la padecen se sienten desprotegidos ante estos animales.

Según los expertos, los miedos más habituales en la edad adulta vienen motivados por una experiencia traumática vivida en la infancia que no ha podido ser superada. Sin embargo, el miedo a los animales es un temor instintivo que es posible desarrollar a partir de los seis meses de vida si bien, en el caso concreto de los gatos, la fobia puede provenir también de supersticiones o falsas creencias. Es importante saber diferenciar el miedo de las fobias; el miedo es una emoción adaptativa que nos avisa de situaciones peligrosas y nos ayuda a ser cautos y a protegernos. La fobia, por su parte, es la manifestación patológica del miedo; un temor excesivo e irracional frente a un objeto o situación que la persona que lo sufre reconoce que no puede manejar.

El simple recelo hacia los gatos puede ser debido al desconocimiento de estos animales. Es vital familiarizarse con su naturaleza para comprender que son animales sociables y acabar con los falsos conceptos que les describen como seres traicioneros, ariscos e incluso peligrosos.

La asociación de los felinos con la brujería, lo sobrenatural o con el mismo demonio tampoco ayuda a acabar con estas ideas que, por otro lado, surgieron hace siglos sin ninguna razón aparente.

Pero, ¿cómo se pasa del miedo a la fobia? La psicóloga Lorena Martínez Gómez explica que «muchas veces lo que vulgarmente llamamos fobia es simplemente miedo, que nos lleva a evitar ciertas circunstancias» pero las fobias propiamente dichas «siempre tienen el mismo origen y el mismo desenlace y son producto de un desequilibrio emocional. Cuando en la vida de una persona se da un desajuste, una serie de acontecimientos negativos, se puede llegar a desarrollar una fobia a cualquier cosa». En el caso concreto de los gatos «el miedo radical puede estar derivado de un acontecimiento traumático que la persona asocia a los gatos aunque puede que no haya tenido ningún problema con este animal; simplemente lo relaciona con él».

El miedo patológico a un animal no suele responder a razones reales y racionales como el que nos pueda causar un daño y las personas que lo sienten evitan enfrentarse a su temor sin preguntarse por los motivos que lo causan. La buena noticia es que este tipo de fobia, denominada específica, no está asociada a ninguna enfermedad psicológica y es una de las que mejor y más velozmente responden a un tratamiento. Hoy en día existen recursos altamente eficaces para superar estos sentimientos.

Se dice que la mejor manera de vencer nuestros miedos es enfrentarnos a ellos pero muy pocas personas se atreven a hacerlo solas así que, en el caso de que una fobia impida llevar una vida normal, no hay que dudar en consultar a un especialista. No es lo mismo tener miedo a los lobos cuando uno vive en la ciudad que cuando vive en la montaña; al igual que no es lo mismo recelar de los gatos que sentir un temor irracional hacia ellos en un momento en que estos animales están cada vez más introducidos en nuestra sociedad y en nuestros hogares.

«El tratamiento que se aplica a pacientes fóbicos —continúa Lorena Martínez— es de desensibilización sistemática.

A la vez que se enseñan técnicas de relajación hay que ir enfrentando poco a poco al paciente al estímulo.

La primera sesión será de tipo cognitivo; es decir, únicamente hablar con la persona y, en las siguientes sesiones, aprenderá a relajarse y concentrarse en sus respiraciones mientras, poco a poco, va enfrentándose a su temor». Según las estadísticas no son muchas las personas que padecen fobia a los animales pero, curiosamente, entre las que la sufren, en su mayoría son las mujeres en un porcentaje de entre el 75 y el 90 por 100.

DE LA ADORACIÓN A LA PERSECUCIÓN

El origen de la desconfianza hacia los gatos puede estar en ciertas supersticiones que surgieron durante la Edad Media. Sabemos que en Egipto los felinos llegaron a ser iconos religiosos como lo demuestran pinturas que datan del año 2000 a. de C. y los numerosos ejemplares encontrados momificados en las excavaciones arqueológicas.

Los egipcios, que consideraban a los gatos posesiones muy valiosas, prohibieron su exportación pero los mercaderes fenicios los distribuyeron de contrabando por todo el Mediterráneo. Los griegos los recibieron con moderación puesto que ya tenían otros animales para defender sus cosechas de los roedores y parece que no los adoptaron como mascotas. En Roma se apreciaba su habilidad como cazadores mientras que en el Islam ocupaban un lugar muy especial dado que Mahoma tenía una gata a la que quería mucho. Para los budistas era un animal maldito pues, junto con la serpiente, fue el único animal que no lloró la muerte de Buda. En China se identificaban con la pobreza y fue allí donde por primera vez se escuchó que los gatos negros eran portadores de mala suerte mientras que en Japón eran utilizados para cazar roedores en las granjas productoras de seda.

La cristianización de la Europa occidental y la construcción de edificios religiosos les relanza como cazadores.

Los monasterios se convierten en centros agrícolas donde los gatos eran de gran ayuda para eliminar a los animales que afectaban a las cosechas. A mediados del siglo XIV estos felinos eran especialmente apreciados cuando las pulgas de las ratas negras propagaron la peste por las rutas comerciales que conectaban Europa con China y, posteriormente, cuando las malas cosechas provocaron una gran escasez de alimentos y su pérdida por culpa de los roedores era doblemente perjudicial.

Pero, poco después, los gatos caen en desgracia y se convierten en criaturas temidas que deben morir.

La iglesia cristiana, tanto la católica como la protestante, fue culpable de esta masacre. Con el resurgir de cultos paganos, se extiende la creencia de que Satán aparece en la tierra adoptando la forma de un gato negro y se asocia a las brujas, servidoras del demonio, con estos animales. La idea se refuerza con el hecho de que en la Biblia no se menciona a los gatos y, así, se les convierte en representantes del mal. A finales del siglo XV la Inquisición, con el papa Inocencio VIII y su edicto de 1484, ordenó que, al quemar a las brujas, se quemase también a sus gatos.

A principios del siglo XVI la persecución a las brujas y a sus mascotas estaba en pleno apogeo. Cualquier mujer mayor que viviera sola —lo que se daba con frecuencia por la diferencia de longevidad entre mujeres y hombres— era sospechosa, en especial si tenía un gato y más si era negro aunque, por asociación, se llegó a desconfiar

de cualquier minino. En 1566, durante el reinado de Isabel I, el odio hacia los gatos alcanza nuevas cotas en Inglaterra con el primero de una serie de juicios por brujería.

Incluso se llegó a creer que los mininos eran capaces de poseer a un difunto y transformarlo en vampiro.

A pesar de esto, muchos hogares acogieron al gato durante esta época pero no se menciona como animal hogareño en los textos hasta el siglo XVII cuando la obsesión de la iglesia por la brujería desapareció. El siglo XVIII fue la época de la Ilustración y la superstición dio paso a la razón, situación que benefició a los gatos.

Pero, de nuevo, fue una catástrofe sanitaria la que devolvió la popularidad a estos animales. Procedente de Asia, la rata parda comenzó a extenderse por Europa y con ella la peste que azotó Alemania en 1707 y Francia en 1720. Hacia 1730 llevaron la enfermedad por barco a Inglaterra y, desde este momento, los gatos volvieron a ser bienvenidos en barcos, puertos, muelles y poblaciones. Además, las ciudades comenzaron a crecer de forma espectacular y, al estar superpobladas, la basura y la suciedad atraían a miles de ratas y ratones; detrás de ellos llegaban los gatos que no sólo encontraban presas fáciles sino también la complacencia de las personas.

Buenos modales

En la actualidad, los gatos ya no son vistos como simples cazadores sino como mascotas hogareñas e incluso como un miembro más de la familia. Sin embargo, debemos comprender que no a todo el mundo le agradan estos animales y, por ello, si tenemos un gato en casa hay que asegurarse de que no moleste a nuestros invitados, especialmente a aquellos que no los soportan. En muchos casos los felinos se retiran a su lugar predilecto cuando hay demasiado movimiento en su hogar, sobre todo si no está acostumbrado.

Sin embargo, existen gatitos cuya curiosidad les obliga a investigar a todo aquel que se atreva a entrar en sus dominios. Y, curiosamente, se acercará a aquella persona que le muestre mayor indiferencia o incuso temor; se frotará contra sus piernas, ronroneará de placer e intentará sentarse en su regazo cuando menos lo esperemos. Para evitar este tipo de comportamientos y que nuestros visitantes pasen un mal rato, nada mejor que educar a nuestra mascota desde su más tierna infancia para que sepa comportarse como un perfecto anfitrión.

Foto: El Mundo del Gato.

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