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Instinto de lucha

Foto: El Mundo del Gato - Alberto Nevado.
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jueves 18 de julio de 2019, 11:03h
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Son varios los motivos por los que un gato se pelea pero, en el caso de los domésticos, los más habituales son la invasión de su territorio o la presencia de una hembra en celo. Los felinos manifiestan su instinto de lucha desde muy temprana edad al pelear con sus hermanos por lograr el mejor sitio para mamar de la madre. A los doce meses ya podemos observar en ellos actitudes agresivas que les servirán para integrarse en la sociedad felina en la que es fundamental ganar combates para conseguir ser el líder.


Los gatos son territoriales por instinto. Los estudios han revelado que las dimensiones del espacio marcado por estos animales dependen de su estilo de vida, de si dispone de alimento y, en el caso de los machos no esterilizados, de las hembras que haya en la zona. Para un gato doméstico que pueda disfrutar del aire libre, su territorio casero incluirá el jardín o el patio mientras que el territorio de caza probablemente contendrá los jardines vecinos. No siempre aceptará la intrusión de sus congéneres en su campo de actividad —el lugar donde juega, caza, come y expresa su sexualidad— y, si escasean las presas o hay una hembra en celo, puede llegar hasta el enfrentamiento directo para alejar a sus rivales.

Un gato no suele penetrar en el territorio de otro a no ser que no se haya percatado de sus huellas o las señales de su orina. Si se produce esta invasión, el amo de la parcela se acercará en actitud amenazante para defenderse de lo que considera un ataque y, ante ello, lo más normal es que el minino distraído se marche respetando siempre la división territorial.

Aunque los gatos domésticos no son tan agresivos cuando defienden su lugar como los gatos salvajes dado que tienen sus necesidades de alimentación cubiertas, todo recién llegado debe luchar y demostrar su resistencia.

En general se producen enfrentamientos que pueden ser desde una simple mirada hasta verdaderos combates que, en realidad, son muy poco frecuentes y suelen parecer mucho peor de lo que son. Si se les deja salir por la noche, los mininos domésticos suelen tener una vida social similar a la de los gatos asilvestrados aunque con alguna variación. Se juntan en un lugar como una azotea fuera del territorio individual de cada uno y pasan la noche ronroneando, aseándose u observando en silencio.

Una conducta similar se da en las reservas de animales o en las colonias urbanas de gatos callejeros. Los gatos necesitan un espacio personal a su alrededor pero se instalan lo bastante cerca para que haya un contacto social si bien el lugar tiene que ser lo suficientemente amplio para que estén cómodos. Al igual que el resto de mamíferos, los gatos reaccionan al hacinamiento con conductas neuróticas y agresivas.

Por su parte, un macho asilvestrado tiene muchos obstáculos para integrarse en el mundo adulto pues debe luchar literalmente por el territorio y enfrentarse con los machos rivales cuyas peleas pueden prolongarse durante noches. Después de varios combates, el macho se hace un hueco en la jerarquía aunque tendrá que empezar nuevas luchas si quiere mejorar su estatus o desafiar a un rival para aparearse con una hembra. En este último caso será ella la que elija a su compañero que no tiene por qué ser el ganador y el enfrentamiento se produce porque la superioridad jerárquica implica otras responsabilidades como la procreación y la transmisión de los propios genes. En el caso de los gatos caseros, podemos evitar estas peleas castrando al animal con lo que, además, tendremos una mascota más hogareña y cariñosa.

EL COMBATE
La elevación y el movimiento acompasado de la cola y el pelo erizado son dos signos de agresión. Además, el gato pondrá los bigotes tiesos y hacia delante, las orejas rectas y hacia atrás y las pupilas aparecerán finas como rayas. Cuanto más enfadado esté, más hacia atrás colocará las orejas y hacia delante los bigotes. Cuando esté listo para atacar, las orejas girarán todavía un poco más y la cola se agitará más rítmicamente. Por su parte, un gato a la defensiva situará las orejas planas y señalando hacia los lados. El pelo y los bigotes se ponen de punta, el lomo se arquea y la boca se abre ligeramente. Si quiere mostrar sumisión, encogerá el cuerpo, reducirá el volumen del pelo, bajará los bigotes y la cola para que golpee el suelo y dilatará las pupilas. Podremos oír bufidos, sonidos que los gatos utilizan en situaciones de urgencia o cuando se sienten amenazados. Con ellos el minino indica que no quiere que nadie se le acerque, ni siquiera su amo, y que está realmente enojado.

Después de bufar, la siguiente señal de enfado es escupir.

Al medir sus fuerzas dos gatos, exhibirán un buen número de posturas agresivas y defensivas. Normalmente, la lucha comenzará con una larga observación mutua tras la que uno de los dos presenta pelea obligando al otro a defenderse. Si el agresor sigue avanzando, el rival puede rendirse o mantenerse en su sitio adoptando, a su vez, una actitud agresiva. En el instante en que uno se lanza contra el otro, el atacado rueda sobre su espalda y levanta las garras con las uñas desplegadas para defenderse. La pelea continuará hasta que uno de los dos contendientes considere que ha tenido suficiente y encuentre la manera de zanjarse de su rival. Cuando se hallen a una distancia prudencial, ambos comenzarán un intenso aseo. Heridas y hasta mutilaciones suelen ser las consecuencias de estas peleas e, incluso, puede llegar a producirse la muerte de alguno de los animales si bien esto es muy poco frecuente.

EVITAR LAS PELEAS ENTRE COMPAÑEROS
Hasta el gato más tranquilo puede transformarse en una pantera de tamaño reducido cuando siente que han invadido su territorio. Si estamos pensando en que nuestra mascota necesita un compañero, debemos ser cuidadosos pues hasta los mininos que han convivido durante años pueden volverse agresivos si uno de ellos abandona la casa durante unos días. Así, cuando llevemos un nuevo gato a nuestro hogar, debemos disponer un área restringida para él con su propio cajón de arena y sus comederos para que el gato original siga disfrutando de la mayor parte de la casa mientras ambos animales se familiarizan. Los primeros acercamientos pueden producirse mientras comen o juegan porque se centrarán en una actividad y no en ellos mismos y, además, asociarán los buenos momentos a la nueva compañía. De manera gradual, podremos ir reduciendo la distancia entre ellos hasta que tengamos la suficiente confianza en su comportamiento como para dejarles solos.

Lo normal es que la convivencia sea pacífica pero, a veces, pueden enzarzarse en una aparatosa pelea que normalmente no tiene consecuencias graves. No es recomendable tener demasiados gatos pues no hay que olvidar que necesitan su propio espacio vital y, si disponen de él, los conflictos disminuirán. Aún así, debemos saber que muchas situaciones que nos pueden parecer violentos enfrentamientos no son más que juegos que tendremos que aprender a diferenciar de las peleas a través del lenguaje corporal del animal (orejas, bigote, cola…). Lo ideal sería que dejásemos que nuestros gatos decidiesen ellos solos sus propias cuestiones pero a veces las peleas pueden tener consecuencias graves y, por otra parte, es normal que nos asustemos y tratemos de separarlos. Sabemos que un gato esterilizado será menos territorial y que con esta operación conseguiremos reducir drásticamente los conflictos pero, aún así, pueden producirse. En este caso no debemos intentar separarlos con nuestras propias manos sino que lo mejor es interponer un objeto entre ellos, una silla por ejemplo. Cuando sea posible, trataremos de aislar a alguno de los gatos hasta que se haya tranquilizado. La opción de rociarles con agua no surte demasiado efecto cuando están inmersos en un combate y quizás les sorprenda más un ruido seco. Tampoco los gritos son convenientes pues lo más seguro es que se pongan más nerviosos y aumente la tensión entre ellos con lo que conseguiremos el efecto contrario. Aunque resulte difícil, es importante mantener la calma para saber valorar la situación y actuar en consecuencia. Si las peleas son muy frecuentes y violentas, lo mejor es consultar con nuestro veterinario que nos dará las mejores pautas para terminar con la situación.

Texto: Patricia Lozano.

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